Autor: Alejandro J. Fernández        

            La novela San Manuel Bueno, mártir fue escrita por Miguel de Unamuno y publicada en 1931. La obra es narrada por Ángela Carballino a sus cincuenta años de edad. La historia trata de un párroco del pueblecito de Valverde de Lucerna, llamado don Manuel, que rige su vida al servicio de los demás. Durante el transcurso de la novela vemos que a don Manuel lo atormenta un secreto, que en fin lo convierte en un mártir. El secreto consiste en que el religioso don Manuel no cree en la vida después de la muerte y es por esto, que el párroco consta en vivir cada segundo al servicio de su pueblo. Don Manuel anda siempre ocupado  para así no tener tiempo en reflexionar sus dudas y poder continuar su martirio. Este mártir finge su fe para que su pueblo viva con la esperanza consoladora de creer en la vida eterna.  

            Más adelante aparece Lázaro, hermano de Ángela Carballino, quien demuestra unos ideales progresistas y anticlericales. Lázaro nos enseña el verdadero don Manuel, uno que carece de fe y vive con una angustia interna que lo tortura. Poco a poco, vemos como Lázaro es influenciado por don Manuel y a la vez notamos un cambio en sus posturas ante la iglesia. Lázaro termina siguiendo la misión de don Manuel y finge su fe por la misma causa. La novela concluye con la muerte de don Manuel y su beatificación. Ángela escribe su historia y Lázaro sigue sus pasos.

            Indudablemente, el tema central de la novela lo es razón y fe. El uso constante de las montañas y el lago reflejan un simbolismo que se vincula con la fe y la duda, respectivamente. Don Manuel hace una constante referencia al lago que representa la duda, mientras que la montaña es vista como la fe inmune del pueblo. Vemos como el simbolismo es un elemento importante en esta novela, que hasta el personaje más insignificante lo ilustra. No mencionado anteriormente, Blasillo, el bobo del pueblo, representa la fe ciega e inocente que don Manuel deseaba para su pueblo. Blasillo puede ser visto como la consciencia personificada del párroco, que repite sus palabras de incertidumbre “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”.

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